El año Litúrgico
30 Noviembre, 2018

¡Venga tu Reino!

Os anuncio una gran alegría: “Os ha nacido el Salvador”.

Alegría, alegría, alegría. Este es el mensaje del ángel a los pastores de Belén: una inmensa alegría. Jesús llega al mundo, acompañado de un gozo profundo para el corazón del hombre.

El ángel nos dice: “os ha nacido el Salvador”. Estas palabras inspiran profundas reflexiones. En primer lugar, el Salvador no es fruto de nuestros esfuerzos, de una actitud responsable y comprometedora por parte nuestra. No. Jesús no viene a nuestras vidas porque nos lo hayamos merecido; sino por todo lo contrario: porque somos pecadores, porque vivimos engañados por el pecado, porque no somos capaces, por nuestros medios, de salir de la esclavitud de nuestras pasiones y defectos. A veces, podemos sentir que somos demasiado pecadores para acercarnos a Belén. Pues no, Jesús no quiere que sintamos ese rechazo. ¡Qué consuelo produce en el alma saber que no tengo que ser perfecto para que Jesús venga a mi corazón!

La salvación que Jesús nos trae no es económica, ni política, ni de salud. Tampoco me quitará las tristezas, ni las angustias, ni las caídas en el pecado, porque tristemente, voy a seguir cometiendo muchos. ¿Y entonces, cómo es su salvación? Lo que Jesús me viene a dar es una certeza, una seguridad: la seguridad de que en todos esos momentos, Él va a estar siempre a mi lado, va a estar ahí para ayudarme a levantar, para motivarme y decirme cuánto me ama, cuánto confía en mí, para hacerme ver siempre un nuevo rayo de esperanza.

En tercer lugar, y esto es muy importante, este Salvador viene a mi vida con una sonrisa, con unos tiernos brazos extendidos, y con las manos abiertas. Sí, viene con una sonrisa. ¡Qué hermosa es la sonrisa de Jesús Niño! Y Él quiere que la experimentemos, que veamos sus ojos llenos de ilusión al contemplarnos. Su sonrisa nos muestra el cariño de un amigo, la ternura de un Dios Padre que se estremece de amor por su hijo. ¿Te has encontrado en tu profundo interior con la mirada sonriente de Jesús? ¿Qué te dice su sonrisa?

Sus brazos se extienden para abrazarte. No está hierático y rígido como quien tiene miedo. Él sólo quiere cogerte, colgarse de tu cuello. Quiere que tú lo cargues, que lo aprietes contra tu corazón, quiere sentirse protegido por ti, aunque seas débil y pecador.

Sus manos pequeñas y suaves quieren acariciar tu corazón, quieren consolarte en tus penas y tristezas, quieren ser alivio y aliento que te impulsen a seguir un poco más adelante. Sus manos repasan las heridas que el pecado ha marcado en tu espíritu. Sus manos calientan tus mejillas, muchas veces enrojecidas por la vergüenza o el llanto. Toma sus manos, no les tengas miedo. Esta noche, son para ti.

Por último, un pequeño compromiso. Al contemplar su mirada juguetona y sonriente, al ver la inocencia pura en este niño bueno que se me ha dado, nace en mi interior un deseo, un anhelo ardiente: nunca apagar esa sonrisa, nunca contristar ese rostro angelical que hoy me ofrece. Y por otro lado, convertirme en reflejo de su sonrisa para los demás, llevar a los otros esa sonrisa maravillosa que hoy ha encendido en mi corazón.

Pbro. Felipe Cid