Santos Cornelio, Papa y Cipriano, obispo; mártires
16 septiembre, 2019
San José de Cupertino, presbítero
18 septiembre, 2019

San Roberto Belarmino, obispo y doctor de la Iglesia

1 Timoteo 3, 1-13

1 Es cierta esta afirmación: Si alguno aspira al cargo de espíscopo, desea una noble función. 2 Es, pues, necesario que el epíscopo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar, 3 ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, 4 que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad; 5 pues si alguno no es capaz de gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la Iglesia de Dios? 6 Que no sea neófito, no sea que, llevado por la soberbia, caiga en la misma condenación del Diablo. 7 Es necesario también que tenga buena fama entre los de fuera, para que no caiga en descrédito y en las redes del Diablo. 8 También los diáconos deben ser dignos, sin doblez, no dados a beber mucho vino ni a negocios sucios; 9 que guarden el Misterio de la fe con una conciencia pura. 10 Primero se les someterá a prueba y después, si fuesen irreprensibles, serán diáconos. 11 Las mujeres igualmente deben ser dignas, no calumniadoras, sobrias, fieles en todo. 12 Los diáconos sean casados una sola vez y gobiernen bien a sus hijos y su propia casa. 13 Porque los que ejercen bien el diaconado alcanzan un puesto honroso y grande entereza en la fe de Cristo Jesús.

 

Salmo 101, 1-2ab; 2cd-3ab; 5; 6

1 De David. Salmo. Quiero cantar el amor y la justicia, para ti, Yahveh, salmodiaré; 2 cursaré el camino de la perfección: ¿cuándo vendrás a mí? Procederé con corazón perfecto, dentro de mi casa; 3 no pondré delante de mis ojos cosa villana. Detesto la conducta de los extraviados, no se me pegará.

5 Al que infama a su prójimo en secreto, a ése le aniquilo; ojo altanero y corazón hinchado no los soporto.

6 Mis ojos, en los fieles de la tierra, por que vivan conmigo; el que anda por el camino de la perfección será mi servidor.

 

Lucas 7, 11-17

11 Y sucedió que a continuación se fue a una ciudad llamada Naím, e iban con él sus discípulos y una gran muchedumbre. 12 Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, acababan a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda, a la que acompañaba mucha gente de la ciudad. 13 Al verla el Señor, tuvo compasión de ella, y le dijo: «No llores.» 14 Y, acercándose, tocó el féretro. Los que lo llevaban se pararon, y él dijo: «Joven, a ti te digo: Levántate.» 15 El muerto se incorporó y se puso a hablar, y Él se lo dio a su madre. 16 El temor se apoderó de todos, y glorificaban a Dios, diciendo: «Un gran profeta se ha levantado entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo». 17 Y lo que se decía de él, se propagó por toda Judea y por toda la región circunvecina.