Novena a San José
10 marzo, 2019

Treintena a San José

Súplica de confianza e insistencia durante 30 días para conseguir una gracia especial

La devoción de los 30 días en honor del Santo Patriarca, Padre adoptivo del Hijo de Dios, Esposo virginal de la Santísima Virgen y Protector de la Santa Iglesia, apela a la íntima unión de amor de San José con Jesús y María en el Misterio de nuestra Salvación, por voluntad del Padre Eterno que confió a su cuidado los tesoros más grandes: Jesús y su Madre.

Destaca entre sus devotos Santa Teresa de Ávila: “A otros santos parece les dio el Señor gracia para socorrer en una [sola] necesidad, a este glorioso Santo tengo experiencia que socorre en todas y que quiere el Señor darnos a entender que así como le fue sujeto en la tierra, así en el cielo hace cuanto le pide…”

SÚPLICA PERPETUA para repetir diariamente:

Jesús, José y María, os doy el corazón y el alma mía;
Jesús, José y María, asistidme en mi última agonía;
Jesús, José y María, con vos descanse en paz el alma mía.

¡Amabilísimo Patriarca, señor San José!, desde el abismo de mi pequeñez, dolor y ansiedad, te contemplo con emoción y alegría de mi alma en tu solio del cielo, como gloria y gozo de los Bienaventurados, pero también como padre de los huérfanos de la tierra, consolador de los tristes, amparador de los desvalidos, gozo y amor de tus devotos ante el trono de Dios, de tu Jesús y de tu santa Esposa.

Por eso yo, pobre, desvalido, triste y necesitado, a ti dirijo hoy y siempre mis lágrimas y penas, mis ruegos y clamores del alma, mis arrepentimientos y mis esperanzas; y hoy especialmente traigo ante tu altar y tu imagen una pena que consueles, un mal que remedies, una desgracia que impidas, una necesidad que socorras, una gracia que obtengas para mí y para mis seres queridos.

Y para conmoverte y obligarte a oírme y conseguírmelo, te lo pediré y demandaré durante treinta días continuos en reverencia a los treinta años que viviste en la tierra con Jesús y María, y te lo pediré urgente y confiadamente, invocando todos los títulos que tienes para compadecerte de mi y todos los motivos que tengo para esperar que no dilatarás el oír mi petición y remediar mi necesidad; siendo tan cierta mi fe en tu bondad y poder, que al sentirla te sentirás también obligado a obtener y darme más aún de lo que pido y deseo.

(Aquí, haciendo un profundo acto de confianza en la Providencia Divina, se pide con amorosa insistencia la gracia que se espera conseguir por intercesión del Santo)

  1. Te lo pido por la bondad divina que obligó al Verbo Eterno a encarnarse y nacer en la pobre naturaleza humana, como Dios de Dios, Dios Hombre, Dios del Hombre, Dios con el Hombre.
  2. Te lo suplico por tu ansiedad de sentirte obligado a abandonar a tu santa Esposa, dejándola sola y yendo solo sin ella.
  3. Te lo ruego por tu resignación dolorosísima para buscar un establo y un pesebre para palacio y cuna de Dios, nacido entre los hombres, que lo obligan a nacer entre animales.
  4. Te lo imploro por la dolorosísima y humillante circuncisión de tu Jesús y por el santo y dulcísimo Nombre que le impusiste por orden del Eterno para consuelo, amor y esperanza nuestra.
  5. Te lo demando por tu sobresalto al oír del Ángel la muerte decretada contra tu Hijo Dios, por tu obedientísima huída a Egipto, por las penalidades y peligros del camino, por la pobreza del destierro y por tus ansiedades al volver de Egipto a Nazaret.
  6. Te lo pido por tu aflicción dolorosa de tres días al perder a tu Hijo y por tu consolación suavísima al encontrarlo en el templo; por tu felicidad inefable de los treinta años que viviste en Nazaret con Jesús y María sujetos a tu autoridad y providencia.
  7. Te lo ruego y espero por el heroico sacrificio con que ofreciste la víctima de tu Jesús al Dios Eterno para la Cruz y para la muerte por nuestros pecados y nuestra Redención.
  8. Te lo demando por la dolorosa previsión que te hacía todos los días al contemplar aquellas manos infantiles, taladradas un día en la Cruz por agudos clavos; aquella cabeza que se reclinaba dulcísimamente sobre tu pecho, coronada de espinas; aquel cuerpo divino que estrechabas contra tu corazón, ensangrentado y extendido sobre los brazos de la Cruz; aquel último momento en que lo veías expirar por mí, por mi alma, por mis pecados.
  9. Te lo pido por tu dulcísimo tránsito de esta vida en los brazos de Jesús y María, y tu entrada en el Limbo de los justos en el cielo, donde tienes tu trono de poder.
  10. Te lo suplico por tu gozo y gloria cuando contemplaste la Resurrección de tu Jesús, su subida y entrada en los cielos y su Trono de Rey inmortal de los siglos.
  11. Te lo demando por tu dicha inefable cuando viste salir del sepulcro a tu santísima Esposa, resucitada, y ser subida a los cielos por ángeles y coronada por el Eterno, y entronizada en un solio junto al tuyo como Madre, Señora y Reina de los ángeles y hombres.
  12. Te lo pido, ruego y espero confiadamente por tus trabajos, penalidades y sacrificios en la tierra, y por tus triunfos y gloria feliz y bienaventuranza en el cielo con tu Hijo Jesús y tu Esposa Santa María.

¡Mi buen San José! Yo, inspirado en las enseñanzas de la Iglesia Santa y de sus Doctores y Teólogos y en el sentido universal del pueblo cristiano, siento en mí una fuerza misteriosa que me alienta y obliga a pedirte, suplicarte y esperar me obtengas de Dios la grande y extraordinaria gracia que voy a poner ante este tu altar e imagen y ante tu trono de bondad y poder en el cielo: la espero, Santo Patriarca.

(Para pedir por los demás, con amor fraterno):
Obtenme también para los míos y los que me han pedido ruegue por ellos todo cuanto desean y les es conveniente.

Oración conclusiva:
Señor Jesús, que con inefable Providencia te dignaste escoger al bienaventurado José por Esposo de tu Madre Santísima, concédenos que, pues lo veneramos como Protector en la tierra, merezcamos tenerlo como intercesor en los cielos. Tú que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

 

Testimonios

  • Cuenta San Juan Bosco que un hombre fue a una tienda a comprar un jabón y en el papel que venía envuelto el jabón encontró unos datos acerca de lo mucho que ayuda San José en la hora final a los que le han pedido que les obtenga la gracia de tener una buena y santa muerte. Desde ese día, aquel hombre se dedicó a pedirle al gran Patriarca la gracia de tener una muerte santa y cuando se sintió enfermo mandó a llamar a San Juan Bosco e hizo con él una confesión fervorosísima de toda su vida. Recibió la Comunión y la unción de lo enfermos con gran fe y devoción, y estando agonizando decía: "Que bueno es San José, vino a consolarme y ayudarme en esta hora final. Bendito sea. Amén." Y expiró en gran paz.
  • Santa Teresa decía: "De muchas ocasiones en las que yo podía perder mi honra o perder mi salvación, me libró el gran San José de manera mucho mejor de lo que me imaginaba. No me acuerdo de haberle pedido algún favor que lo haya dejado él de hacer. Es cosa que impresiona los grandes favores que me ha hecho Dios por medio de este bienaventurado santo, y de los peligros que me ha librado, tanto del cuerpo como del alma. A otros santos parece que Nuestro Señor les ha concedido la gracia de poder ayudar en determinadas cosas, pero a San José le ha concedido poder ayudar en todo. Y parece que quiere demostrar Dios, que así como Jesucristo le obedeció en la tierra a San José, también en el cielo le concede todo lo que le pide".
  • Don Félix Cortés, un salesiano que por 30 años fue sacristán del Santuario del Niño Jesús en Bogotá, tenía junto a su cama un cuadro que representa a San José asistido por Jesús y María en la hora de la muerte. Un sacerdote recién ordenado le preguntó por qué tenía allí ese cuadro y el buen sacristán le respondió: "Es que 'Chepito' (así llamaba cariñosamente a San José) me va a obtener de Dios la gracia de tener una buena y santa muerte. Es lo que le pido todos los días". 20 años después aquel mismo sacerdote visitó al señor Cortés y al ver que ahí tenía junto a su cama el cuadrito de San José le dijo: "¿Todavía le sigue rezando a este santo?". "Sí, -respondió el buen hombre- y estoy seguro que tan amable santo me va a conseguir una buena muerte". Pocos meses después (en 1997) se enfermó y cayó en cama. Una tarde, estando toda la Comunidad de los Salesianos que atienden el Santuario, rezando las vísperas en la Capilla, llegó un enfermero y les dijo: "Me parece que el señor Cortés ha entrado en agonía". Corrieron todos a su lado. Ocho sacerdotes y un hermano coadjutor. El piadoso moribundo acababa de asistir a una Santa Misa celebrada en su habitación de enfermo. Antes se había confesado y había recibido la unción de los enfermos. Comulgó y al terminar la Eucaristía le dijo al celebrante: "Padre, por favor concédame la bendición de los agonizantes, porque veo que ha llegado mi hora final". El sacerdote le dió una bendición especial y el enfermo se quedó dormido. Llegaron luego todos los religiosos y el superior de la Comunidad le fue rezando las oraciones de los agonizantes. Los ocho sacerdotes le impartieron su bendición sacerdotal, y así, recién confesado, acabando de comulgar y de asistir a la celebración de la Eucaristía, pasó santamente a la eternidad. Uno de los allí presentes exclamó: "Esto es una muerte que no la tienen ni siquiera los obispos". Y otro añadió: "Es que siempre le pidió a San José que le concediera una santa muerte y el gran santo le obtuvo esa gracia tan especial".
  • La primera que se propuso propagar la devoción a San José fue Santa Brígida, una santa del año 1.300 que recibió impresionantes revelaciones del cielo. Luego vino San Bernardino de Siena del año 1.400, el más grande predicador de su tiempo, que por todas partes recomendaba a la gente que rezara a San José y experimentarían los grandes favores que él obtiene. Más tarde llegó Santa Teresa de Ávila, hacia 1.570, la cual fue curada por intercesión de San José de una gravísima enfermedad de parálisis que la tuvo inmovilizada por meses y meses, hasta el punto de no poder mover ni un dedo ni abrir los ojos, y con espantosos dolores. Cuando los médicos dijeron que ya no podían hacer nada, la santa se encomendó a San José y él le obtuvo milagrosamente la curación. Desde entonces en todos sus viajes apostólicos, la santa llevaba una estatuita de San José, su amable protector, y a los numerosos conventos que fundó les puso como patrono a San José. Otro gran promotor de la devoción a este santo fue San Francisco de Sales (año 1.600). El santo más amable que ha existido. Él repetía: "Jamás se ha oído decir que alguien haya rezado con fe a San José y no haya conseguido favores muy especiales del cielo".
  • Un rico norteamericano fue a visitar el ancianato de las Hermanitas de los pobres en Madrid, España, y al entrar en la Capilla vió que las religiosas habían colgado del cuello de la estatua de San José un costalito lleno de carbón. Les preguntó el por qué de ese modo tan raro de proceder y le dijeron que ya iba a empezar el invierno, que en esa región es muy frío y que para ese tiempo los ancianos necesitaban mucho carbón para la calefacción y ellas no tenían con qué comprarlo. Entre ellas había la costumbre de colgar al cuello de la imagen del santo aquello que deseaban conseguir. Por eso le habían colgado un costaladito de carbón. El millonario sonrió ante tanta ingenuidad pero apenas salió del ancianato se fue a un depósito y compró una camionada de carbón y lo envió a las monjitas. Así San José supo responder a la sencilla petición de las monjitas.
  • Santa Teresa cuando era joven encontraba mucha dificultad para que le gustara la oración y para lograr orar bien. Se encomendó a San José y este santo le obtuvo un gusto tal por la oración y un modo tan provechoso de orar que ella repetía: "Quien no encuentre maestros que le enseñen cómo hacer bien la oración, que invoque a San José y él le enseñará a orar. El mejor modo de orar es hablar con Jesús y María con cariño y devoción. Y esto es lo que hizo este santo durante 30 años; por lo tanto, le queda fácil enseñarnos a orar. A mí uno de los modos que tuvo para ayudarme a aprender a orar fue hacer que alguien me prestara un libro que enseña cómo orar bien". Decía Santa Teresa que durante la mayor parte de su vida cada año le pedía un favor muy especial a San José en el día de su fiesta y que ningún año dejó de concedérselo. Por eso ella misma se encargaba, en el sitio donde estuviera el 19 de marzo, de costear la fiesta del santo con la Misa de varios sacerdotes, orquesta, coros, adornos especiales en el altar y detalles sabrosos en la mesa. Era un modo de agradecerle al santo Patriarca las bondades que tenía con ella. Esta santa repetía: "Yo no he conocido una persona que le tenga una especial devoción a San José y que no haya hecho progresos notables en la virtud y no se haya vuelto mucho mejor en su comportamiento. Pido, por amor a Dios, que muchos hagan la experiencia de rezarle a tan poderoso protector y verán cuán prodigioso y generoso es para ayudar en lo material y en lo espiritual".
  • En Pamplona, las Carmelitas de clausura que son muy devotas de San José, tenían una cosecha de papa para recoger pero no encontraban obreros que fueran a recogerla. Entonces, según su costumbre, colgaron una papa del cuello de la imagen de San José pidiéndole al bondadoso santo que les enviara los obreros que estaban necesitando para la recolección. Y una noche oyeron un ruido. Había llegado un grupo de ladrones con azadones, costales y un camión, y estaban dedicados a arrancar toda la papa y echarla en costales para llevársela. Ya estaban terminando la recolección. Ellas estaban muy asustadas, empezaron a tocar la campana, a reventar unos totes que les habían sobrado de Navidad y a invocar a San José pidiéndole que trajera a los doce apóstoles en su ayuda. Y gritaban: Poderoso José, nos están robando. Por favor, venga inmediatamente con Pedro y Pablo, Juan, Andrés, Mateo y Bartolomé, Santiago y Tadeo. Los ladrones al escuchar el griterío, la reventada de los totes y oír llamar a tantos hombres, subieron veloces al camión y huyeron, dejando toda la cosecha de papa ya enconstalada. Las monjitas decían: "Qué simpático San José: nos hizo gratis la recolección de la cosecha y nos obsequió los costales". Los santos saben ayudar muy oportunamente.
  • Un muchacho campesino se había ido a la ciudad y allá las malas amistades le hicieron perder la fe y abandonar la religión. Después de bastante tiempo, volvió a su casa un mes de marzo y encontró en la sala un altar bien adornado. Preguntó de qué se trataba y sus hermanas le contaron que la mamá era muy devota de San José y empezaría ese día la novena al gran santo. Él dijo que no creía en esas cosas, pero sus hermanas le aconsejaron que no dijera eso a la mamá porque la haría sufrir mucho. Aquella noche toda la familia se reunió alrededor del cuadro de San José y la mamá de rodillas entonó la novena al santo. El muchachote asistía de pie con las manos en los bolsillos. A la segunda noche ya respondió algunas oraciones. A la octava noche ya rezó muy conmovido con sus hermanas de rodillas, y el día de la fiesta del santo cuando iban para la Misa, le dijo a la mamá: "Te doy una sorpresa: anoche me confesé y hoy voy a comulgar". La mamá lloró de alegría y exlcamó: "Oh Josecito bendito, yo bien sabía que tú me convertirías a este hijo mío, porque te lo había encomendado con toda el alma". Desde entonces aquel joven siguió practicando fervorosamente su santa religión católica.
Cuéntanos tu experiencia…

Envíanos tu testimonio de beneficios recibidos por intercesión de este Santo Patriarca.

e-mail: avemaria@hijasdelfiat.org